MI MADRE

Mi madre lleva toda la vida luchando, pero de eso hablaré después.

Ahora prefiero empezar con sus recuerdos, esos que me ha ido transmitiendo con el paso de los años y que no estoy seguro de poder narrar con la justa precisión.

Nació en Pancrudo, un pueblo de Teruel, de padre maestro de escuela y madre mujer de su casa, con lo que esto último conlleva de esfuerzo, sa-crificio y valentía. Pronto se trasladaron a Tor-tajada, pueblo también de la provincia turolense y muy cercano a la capital. A mi abuelo lo destinaron allí.

Sé que de pequeña era traviesa y algo rebelde, que se marchaba a jugar cuando y con quien no debía, y que su imprudencia le llevó en una ocasión a caer en un profundo pozo, algo que le pudo haber costado la vida pero que se quedó sólo en un susto. Uno de esos milagros que salvan vidas (y no me refiero a la suya, sino a la mía).

Ella recuerda con cariño aquellos tiempos de casas con puertas abiertas y gentes con pieles rudas y corazón sincero. Lo hubiese querido para mí.
Mi madre no fue hija única. Compartió parte de su historia con su hermana que, a causa de una meningitis, se vio obligada a abandonar el viaje de-masiado pronto. Aún se llenan sus ojos de tristeza cuando la recuerda.

A veces, me habla de sus trayectos en bicicleta desde el pueblo hasta Teruel, de los sustos que le daban los camioneros con sus bocinazos y de la enorme cuesta que tenía que subir y que siempre le obligaba a echar pie a tierra.

Siempre rememora con orgullo los tiempos de maestro de escuela de mi abuelo, y presume de lo querido que era por sus alumnos y en el pueblo.

En algún momento mis abuelos tuvieron en propiedad un piso en Teruel, frente a la catedral. Pero decidieron venderlo y eso le dolió mucho a mi madre.
Hace unos años estuve allí y, la verdad, me hubiese encantado que ese piso siguiese en la familia.
También visité Tortajada, y pude ver el edificio donde impartía clases mi abuelo y escuchar una misa baturra que me hizo llorar. La casa donde creció mi madre no la supe ubicar.

Pero volvamos a los recuerdos de mi madre y dejemos a un lado los míos.
Aún muy joven marchó a Castellón para enrolarse en la Sección Femenina y adquirir nuevos conocimientos y amistades. Lo hizo a pesar de que sus padres se lo desaconsejaron. Siempre ha sido una mujer inconformista y aventurera. También lo fue mi abuela.

Ambas se negaron a aceptar que mi abuelo fuese a morir de un cáncer que, según los médicos, no tenía cura posible. Movieron cielo y tierra y marcharon con mi debilitado abuelo hacia Madrid donde, tras un largo tiempo, consiguió recuperarse gracias al buen trabajo de los doctores que lo trataron.

Mi madre ama Madrid y tiene razones de sobra para ello. En aquellos meses, en los que mi abuelo mejoraba pero el dinero menguaba, las personas que fueron conociendo les ayudaron y les trataron como a gente de su propia familia.

Años más tarde, cuando a mí me daban por muerto en Valencia a causa de una malformación cardíaca congénita, la historia se repitió.

Mi madre trabajó de costurera, de «nani» en la casa de una importante familia valenciana y, final-mente, de auxiliar de clínica.
En todos los sitios la quisieron y apreciaron su profesionalidad y dedicación.
Cuando nací yo, pidió la excedencia (entonces estaba trabajando en el hospital General Sanjurjo de Valencia, el actual Dr. Peset).

Si soy sincero, no sé cómo mi madre y mi abuela acabaron recalando en mi ciudad de naci-miento. Pero sí que sé que fue viviendo aquí donde mis padres se conocieron, y que se «encontraban» en una cafetería de la calle de Las Barcas.

Si pienso en los peores momentos que ha vivido mi madre, sin duda he de catalogar como uno de los más duros el de mi venida al mundo. No por el hecho en sí, algo que deseaba, sino por la escasa esperanza de vida que los médicos me dieron al nacer a causa de la cardiopatía que os he comentado antes.

Mi madre lloró años y luchó siglos. Creo que algo en ella murió, pero se guardó la tristeza en su interior. Nunca se rindió, y yo salí adelante.

Hubiese dado la vida por mí, y hoy mismo la entregaría si fuese necesario.

Nunca se lo he agradecido. Es más, mi com-portamiento con ella ha sido en muchas ocasiones injusto, algo de lo que me arrepiento profunda-mente. La juventud amargada de un niñato que se desahogaba con quienes más le han querido.
Lo siento, mamá. Te quiero. Mucho más de lo que podré demostrarte.

Gracias.
Y ahí sigues, a tus casi ochenta años, con ese amor abnegado que no entiende de rendiciones y con una fuerza que parece sobrehumana.

Te admiro. Ojalá yo tuviese tu energía.

Espero poder hacer que te sientas orgullosa de mí, aunque sé que siempre presumiste de tu hijo aun a pesar de todos mis fallos.
No olvidaré jamás todo el amor que me has dado, ni tampoco esos versos de aquella canción que me cantabas de pequeño, con los que ahora me despido.
«Corazoncito, corazoncito, / si no me quieres a mí, / corazoncito, corazoncito, / yo me quisiera morir».

ÉBOLA, EL VIRUS DE LA INDIFERENCIA

1976 fue el año en que se identificó por primera vez esta enfermedad viral. Ocurrió en África, y en un número reducido de países de este continente se había mantenido hasta la fecha.

Ni caso.

Ni caso le habíamos hecho, hasta que ha existido la posibilidad de que nos afecte directamente.

El virus de la indiferencia.

La de estados y confederaciones de países a los que poco les importa esos otros países en los que no hay recursos explotables, y poco o nada las personas que los habitan.

La de las grandes farmaceúticas que, por supuesto, no van a invertir dinero que no van a poder recuperar.

Y la nuestra, la de los ciudadanos de a pie, que nos sentimos tan reivindicativos al escribir artículos como éste, pero que somos incapaces de sentir preocupación o dolor por esas personas más allá del ratito durante el que las vemos en televisión.

La lejanía.

Quizás sea esa una de las razones. La lejanía. Están lejos de nosotros y no tenemos contacto con ellos. Algo así como con el vecino de enfrente, al que saludamos por cortesía, pero del que no nos preocupamos en absoluto.

Esa lejanía de esta sociedad individualista más partidaria del “yo” que del “nosotros”. Esa cercanía a la soledad más absoluta.

QUIERO SER UN LOCO

Benditos locos, que viven la vida, que no renuncian a sus sueños, que cambian el mundo.

Benditos locos, que son como son, sin necesitar la aprobación de nadie, sin defraudarse nunca a sí mismos.

Benditos locos, que creen en el amor.

Benditos locos, que se olvidan de hipocresías políticamente correctas.

Benditos locos, que no cayeron en la desidia del día a día, que no juraron nada que no cumplieron, que  no murieron en manos de esta sociedad marchita.

CLASISMOS

No debería ser así. Uno, cuando escucha música, no debería pensar en la condición del artista, sino en si le transmiten algo sus canciones.

Y cuando hablo de condición no me estoy refiriendo a una condición racial, sexual o religiosa (aunque también hay energúmenos que tachan con una cruz por estos temas). Me estoy refiriendo básicamente a dos aspectos: el estilo musical y la condición política.

En cuanto al estilo musical… Parece que si haces un tipo de música no te puede gustar otro. Si haces música “alternativa”, por favor, no se te ocurra decir que te gusta una canción de Bisbal (por decir uno), y si te gusta el pop de ahora, no vayas a escuchar algo de Serrat (por decir otro).

Estamos creando ghettos musicales. Se rechaza lo “contrario” por decreto. Y esto me fastidia más en los que predican contra la falta de variedad musical en los medios (que la hay, por desgracia). No puedes quejarte de eso y crear un veto a todo lo que se salga de tu guión, ¡y sin tan siquiera escucharlo!

Y, para colmo, metemos la política de por medio, porque en determinados sitios te preguntan antes a quién votas que cómo es tu música.  Y como no comulgues con sus ideas vete olvidando de actuar allí o de que esa canción que les encantó la primera vez que la escucharon, la vuelvan a oir.

Al final es un tema de intolerancia y prejuicios.

Al final es un tema de clasismos.

RETRATOS

En la frontera

del desaliento,

donde se atrincheran

las últimas ilusiones

y pocos esperan

un milagro,

se añora la fuerza

de los ideales perdidos.

Esto es lo que se puede leer en la contraportada de mi poemario “Retratos”. En la sección de “Poemas” tenéis otras poesías, tanto en tinta como en voz.

Si a alguien le interesa, lo podéis encontrar en formato papel en: Retratos

VOLVER

Hoy he vuelto a coger la guitarra y a tocar mis canciones. Hacía mucho que no lo hacía. De hecho hace muchísimo que ni tan siquiera las escucho.

Durante un tiempo había dejado de disfrutar de la música. Quizás porque esperaba más de ella, quizás porque se había convertido en un trabajo, quizás porque a uno le gustaría tocar y cantar mejor de lo que lo hace…

Pero poco a poco he vuelto a lo que era.

Hace poco compuse una canción para la niña recién nacida de un buen amigo simplemente porque me apetecía. Y ahí empezó todo de nuevo.

Desde entonces he estado jugando con mi guitarra y componiendo nuevos temas que no sé si alguna vez verán la luz… pero eso ya no es tan importante.

Ahora importa el diálogo entre ella (mi guitarra) y yo. Esa vía de escape en las tristezas y esa celebración en las alegrías.

Hoy ha resultado un buen día para volver a amar mi música.

 

PD:  Si queréis escuchar esa canción (grabada en mi casa, mal ecualizada y mal comprimida, pero salida de mi pequeño corazón) aquí os dejo el enlace.

http://www.jvrios.com/p/music.html
(Está en la parte de abajo de la página y se llama Natalia)

 

GRACIAS

En mayúsculas, a tod@s.

Porque cada vez que leéis alguno de mis posts. escucháis algunas de mis canciones o l@s compartís , vivo un poco más allá de mi vacía habitación y todo tiene algo más de sentido.

Gracias porque cada palabra que queda en vuestro recuerdo es un trocito que se alarga mi vida.

GRACIAS, AMIG@S.

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